El ejercicio evangélico de la autoridad y la obediencia
El ejercicio evangélico de la autoridad y la obediencia.
I. Introducción.
1. “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20,26). En Cristo, el ejercicio de la autoridad y la vivencia de la obediencia en la Legión de Cristo encuentran su modelo y su sentido más profundo: son caminos concretos de configuración con Él, que no ha venido a ser servido, sino a servir (Mt 20,28). En su discurso a los participantes en este Capítulo General, el santo padre León XIV nos recordó que la autoridad en la vida religiosa «está al servicio de la animación de la vida común, centrándola en Cristo y orientándola hacia la plenitud de la vida en Él». Con este Comunicado, el Capítulo General ofrece a todos los legionarios un documento para seguir profundizando en la vivencia evangélica de la autoridad y la obediencia religiosa en la Legión, al servicio de nuestra consagración y de la misión que la Iglesia nos ha confiado.
2. Reconocemos con honestidad que somos herederos de un carisma que, en palabras del santo padre, se ha desarrollado «a través de diversos caminos y expresiones históricas –a veces dolorosas y no exentas de crisis–». Asumir estas realidades en nuestra historia y en nuestro presente no es signo de debilidad sino parte esencial de la conversión permanente a la que el Señor nos llama. Agradecemos a Dios el camino de renovación emprendido desde la visita apostólica de 2010, que ha dado frutos importantes: nuevas Constituciones aprobadas en 2014; estructuras de gobierno renovadas con consejos operantes, participación y mecanismos de mayor transparencia; y prácticas actualizadas que buscan respetar la dignidad y el fuero interno de cada persona. Se ha preparado un estudio que recoge con mayor detalle estos cambios en el ejercicio de la autoridad y sus fundamentos.
3. Las asambleas territoriales preparatorias de este Capítulo manifestaron diversas inquietudes sobre la vivencia de la autoridad y la obediencia en la Legión. Los padres capitulares hemos escuchado estas voces con atención. Con este Comunicado buscamos iluminar la vida concreta de nuestras comunidades en un momento de transición: estamos pasando de un modelo de vida religiosa con abundantes y detalladas normas a otro que confía más en el discernimiento y la responsabilidad personal. Esta transición, aunque tiene rasgos propios de nuestra historia, refleja un proceso más amplio vivido por la vida religiosa tras el Concilio Vaticano II, acentuado por cambios culturales y generacionales que han transformado la relación entre el superior, el religioso y la comunidad. Toda transición profunda puede generar confusión, pero la confusión no es un fracaso: es el costo natural de una renovación necesaria que debemos afrontar con claridad. En las inquietudes recibidas hemos identificado un conjunto de preguntas que articulan el recorrido de este Comunicado:
– ¿Cómo nos ayuda Cristo a vivir la autoridad y la obediencia?
– ¿Qué significa obedecer bien hoy?
– ¿Cómo se conjugan libertad y obediencia religiosa?
– ¿Cómo puede gobernar el superior?
– ¿Qué es el discernimiento comunitario y cómo se relaciona con la autoridad y la obediencia?
– ¿Cómo vivir mejor la autoridad y la obediencia?
– ¿Dónde está la línea entre el ejercicio legítimo de la autoridad, su mal uso y el abuso?
Invitamos a cada legionario a acoger este Comunicado como una ocasión para un examen personal y comunitario, pidiendo la luz del Espíritu Santo para vivir más auténticamente la autoridad y la obediencia según el Evangelio.
II. Jesucristo, modelo de autoridad y obediencia.
4. «Autoridad y obediencia están personificadas en Jesús. Por eso han de ser entendidas en relación directa con Él y en configuración real con Él. La vida consagrada intenta simplemente vivir Su Autoridad y Su Obediencia». En Cristo el legionario encuentra la síntesis perfecta: Aquel que tiene toda autoridad del Padre es también el que vive en perfecta obediencia a Él. Así, su vida nos revela que autoridad y obediencia no son realidades opuestas, sino dos dimensiones del mismo misterio de amor y servicio.
- La obediencia de Cristo: filial, libre y redentora.
5. La vida entera de Jesús estuvo marcada por una obediencia total a la voluntad del Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4,34). «En Él todo es escucha y acogida del Padre (cf Jn 8,28-29); toda su vida terrena es expresión y continuación de cuanto el Verbo hace desde toda la eternidad: dejarse amar por el Padre, acoger su amor de forma incondicionada». Esta obediencia alcanza su culmen cuando Jesús se hace obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2,8), y por esta obediencia todos serán constituidos justos (Rom 5,19).
6. Pero la obediencia de Cristo no fue una renuncia a su libertad, sino su más plena realización. En Getsemaní, Jesús expresó: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39), mostrando que la obediencia auténtica no es sumisión pasiva, sino un acto supremo de libertad que «no mengua en manera alguna la dignidad de la persona humana, sino que la lleva a la madurez, dilatando la libertad de los hijos de Dios». Esta obediencia es profundamente filial: «solamente el Hijo, que se siente amado por el Padre y le corresponde con todo su ser, puede llegar a este tipo de obediencia radical». Ya en Nazaret, Jesús, siendo Dios, estaba sujeto a María y a José (Lc 2,51), reconociendo en personas limitadas un cauce de la voluntad del Padre que lo llevó a someterse libremente a ellos. A la luz de este misterio, la obediencia del legionario no es humillación sino «verdad sobre la cual se construye y realiza la plenitud del hombre», porque nos configura con Aquel que, siendo Hijo, quiso obedecer.
- La autoridad de Cristo: servicio, firmeza y confianza.
7. Jesús revela al legionario que la verdadera autoridad se fundamenta en el servicio humilde: El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor (Mt 20,26-27). En el lavatorio de los pies (cf Jn 13,1-17), consciente de su autoridad, asumió la tarea de un siervo. Llamó a los Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar y que tuvieran autoridad (Mc 3,14-15), y los formó con paciencia, corrigió sus errores y los introdujo gradualmente en los misterios del Reino (cf Mc 6,7-13.30-31). Pero su autoridad no fue débil ni pasiva: enseñaba con autoridad, y no como los escribas (Mc 1,22). Al mismo tiempo, no concentró todo en sí mismo: envió a los Doce dándoles autoridad y libertad para actuar en su nombre (cf Mc 6,7-13), confió en ellos a pesar de sus limitaciones, y al final los hizo partícipes de su propia misión: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos (Mt 28,18-19), prometiéndoles el Espíritu Santo para guiarlos (cf Jn 14,26; 16,13). Con todo ello, Jesús nos revela una autoridad que hace crecer: da potestad, delega, fortalece y confía en los colaboradores.
- La síntesis en Cristo.
8. En Cristo, autoridad y obediencia no son realidades separadas sino «dos modos complementarios de participar de la misma oblación de Cristo». Jesús es a la vez el Hijo obediente al Padre y Aquel que tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra (cf Mt 28,18). Siguiendo a Cristo, el legionario está llamado a vivir ambas realidades como caminos de configuración con Él para la gloria de Dios y el bien de las almas.
III. La obediencia religiosa.
- La obediencia en las Constituciones.
9. Nuestras Constituciones nos invitan a una obediencia «sobrenatural, pronta, alegre, perseverante y heroica», «vivida con plena consciencia y amor, aunando con sencillez la dependencia y la iniciativa responsable». Esta obediencia tiene la dimensión de una oblación de la propia voluntad a ejemplo de Cristo, una entrega que, como toda ofrenda auténtica, no empobrece, sino que enriquece. Y nos invitan expresamente: «Tengan una relación confiada con sus superiores, y obedezcan con reverencia sus mandatos aunque sean difíciles o desagradables, ejercitándose en la oblación de sí y poniendo en su cumplimiento todas las fuerzas de su inteligencia y voluntad, así como los dones de la naturaleza y de la gracia, conscientes de que así edifican el Cuerpo Místico de Cristo y la propia Congregación».
- La obediencia filial: activa, libre y madura.
10. La Iglesia propone «una obediencia activa en la que la persona participa de modo positivo», invitada a «una combinación creativa entre cierta dependencia de la voluntad del superior y la contribución creativa del miembro de la comunidad». Es la obediencia de Cristo en Getsemaní: un acto libre, filial, que integra el discernimiento personal con la aceptación de una voluntad que trasciende la propia. El legionario abraza el consejo evangélico con espíritu de fe y amor, viendo en el superior una mediación –imperfecta y limitada, pero real– de la voluntad de Dios cuando manda según las constituciones; participa activamente con las energías de su inteligencia y voluntad, ejerciendo una obediencia que conduce a la madurez y la libertad; tiene el derecho y a veces el deber de manifestar su opinión con humildad. Esta obediencia no se confunde ni con la pasividad de quien ejecuta sin pensar, ni con la pseudolibertad de quien solo obedece cuando está de acuerdo, ni con la crítica sistemática que erosiona la confianza.
- El discernimiento personal y la obediencia.
11. La obediencia del legionario presupone y exige el discernimiento personal: «En la vida consagrada, cada uno debe buscar con sinceridad la voluntad del Padre, porque, de otra forma, perdería sentido este género de vida». El religioso no es un receptor pasivo, sino un buscador activo de la voluntad de Dios. Pero para ser auténtico –y no una excusa para seguir los propios gustos–, este discernimiento requiere una conciencia rectamente formada y la libertad interior de apegos desordenados, incluso de los propios deseos más santos. Cuando surgen dificultades sinceras ante un mandato legítimo, nuestras Constituciones ofrecen al legionario una guía concreta: «preséntele con humildad y respeto las propias dificultades y manténgase abierto para aceptar con fe la decisión del superior».
IV. La autoridad del superior.
- Retos en el ejercicio de la autoridad.
12. No pocos superiores encuentran dificultad para gobernar y ser obedecidos, dudan en ejercer su papel por temor a conflictos, o sienten que el cambio de paradigma les impide hacer uso de los medios ordinarios del ejercicio de la autoridad. Gobernar, sin embargo, forma parte esencial del servicio que la comunidad necesita del superior.
- El superior: maestro, padre y testigo.
13. El canon 618 del Código de Derecho Canónico, reconoce expresamente que los superiores religiosos tienen potestad y gobiernan, «quedando sin embargo siempre a salvo su autoridad de decidir y de mandar lo que deba hacerse». La autoridad del superior legionario no se reduce a la animación ni a la facilitación: incluye la facultad de gobernar y dirigir cuando el bien de la persona, la comunidad o la misión lo requieren. Nuestras Constituciones precisan que este gobierno se ejerce buscando el bien de cada persona y de la comunidad, tratando a los religiosos como hijos de Dios con respeto a su persona, y procurando discernir en todo momento la voluntad divina, a la que el superior mismo está sujeto. Una imagen que ayuda a comprender este servicio es la analogía del triple munus que el número 13 de Mutuae relationes propone: enseñar, gobernar y santificar. El superior es maestro del espíritu que nutre a la comunidad con la Palabra de Dios y custodia el carisma; es pastor que ordena la vida comunitaria y cuida la misión, incluyendo la tarea difícil de intervenir cuando es necesario ; y es testigo cuya autoridad moral nace de la santidad vivida. El superior busca ser «hombre de Dios, maestro, padre, amigo y hermano que sabe acoger, escuchar, comprender y, sobre todo, salir al encuentro del alma atribulada», y nunca debe reducir su servicio de autoridad a una simple gestión administrativa o de animación comunitaria.
- El ejercicio cotidiano de la autoridad.
14. Los «medios ordinarios» del ejercicio de la autoridad –avisos, diálogo, corrección paterna caritativa pero clara– no son restos de un modelo superado: son instrumentos legítimos y necesarios del gobierno pastoral. El superior legionario está llamado a ofrecer orientaciones claras y tomar decisiones oportunas; a practicar la corrección fraterna con caridad y confianza; a llevar el discernimiento a conclusiones concretas; y a sostener la esperanza y el ánimo de los hermanos. La autoridad, ejercida con iniciativa y solicitud pastoral, es un verdadero servicio de caridad a la comunidad.
- Firme en lo esencial, flexible en lo accidental.
15. A imagen de Cristo, que enseñaba con autoridad (cf. Mc 1,22) y al mismo tiempo confiaba en los suyos dándoles libertad para actuar en su nombre (cf Mc 6,7-13), el buen superior ejerce la autoridad como un verdadero servicio: arraigado con claridad en lo esencial para custodiar el carisma y la comunión, y libre en lo accidental para discernir lo que más ayuda a las personas concretas. Así gobierna con escucha y diálogo sin necesitar el consenso de todos para actuar, fomenta la corresponsabilidad sin diluir su responsabilidad propia, y respeta la dignidad de cada persona sin permitir que el individualismo disuelva la vida común. Como nos recordó el santo padre, «un buen gobierno, en lugar de concentrarlo todo en sí mismo, fomenta la subsidiariedad y la participación responsable de todos los miembros de la comunidad».
V. El discernimiento comunitario Importancia.
16. Junto al discernimiento personal (cf. n. 11), la vida consagrada conoce el discernimiento comunitario, expresión particularmente importante de la complementariedad entre autoridad y obediencia. Como enseñó san Juan Pablo II, «la vida fraterna es el lugar privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar juntos en unión de espíritu y de corazón». En la Legión, el discernimiento de la voluntad de Dios no está reservado al superior, aunque este pueda recibir una gracia especial del oficio; por ello «es esencial que la búsqueda de la voluntad de Dios se lleve a cabo en un contexto de diálogo» donde el superior y la comunidad «trabajen juntos para llegar a decisiones que reflejen una verdadera cooperación con el plan de la voluntad divina». «Algunas veces, cuando el derecho propio lo prevé o cuando lo requiere la importancia de la decisión a tomar, se confía la búsqueda de una respuesta adecuada al discernimiento comunitario». Como señaló el santo padre León XIV, «este proceso requiere humildad para escuchar, libertad interior para expresarse con sinceridad y apertura para aceptar el discernimiento conjunto». Las actitudes esenciales para lograrlo incluyen: buscar únicamente la voluntad de Dios; apertura al otro, reconociendo en cada hermano la capacidad de conocer la verdad; libertad interior de prejuicios y apegos; y el firme propósito de mantener la unidad sea cual sea la decisión final.
- Lo que el discernimiento no es.
17. El discernimiento comunitario no es una consulta democrática ni una búsqueda de consenso. No es un proceso en el que la mayoría decide, ni un mecanismo para eludir la responsabilidad de la autoridad «El discernimiento comunitario no sustituye la naturaleza y el papel de la autoridad, a la cual está reservada la decisión final».
- Del discernimiento a la decisión.
18. Cuando el discernimiento comunitario es auténtico, sus frutos se hacen patentes: mayor coherencia de vida, creciente fidelidad y la alegría de Cristo. Estos frutos, sin embargo, solo maduran cuando el proceso culmina en una decisión concreta: el discernimiento comunitario se completa cuando la autoridad, habiendo escuchado, decide. El superior «deberá ser paciente en el delicado proceso del discernimiento» y «firme a la hora de pedir la puesta en práctica de cuanto se decidió», sin inhibirse «ante situaciones en las que hay que tomar decisiones claras y, tal vez, desagradables». Y es importante recordar que «una comunidad no puede estar en continuo estado de discernimiento. Tras la etapa de discernimiento viene la de la obediencia, o sea, la de poner en ejecución lo decidido: en una y en otra hay que vivir con espíritu obediente».
VI. Algunas orientaciones prácticas.
19. Habiendo reflexionado sobre el sentido de la autoridad y la obediencia en la Legión, sus fundamentos en Cristo y en la Iglesia, y las dimensiones del discernimiento, ofrecemos ahora algunas orientaciones prácticas para la vida de nuestras comunidades. No son normas ni pretenden ser exhaustivas. Se trata de algunas actitudes y prácticas concretas que buscan ayudar a los legionarios, superiores y religiosos, a vivir mejor la autoridad y la obediencia según el espíritu del Evangelio y de la Legión.
- El superior como hermano y animador de la comunión.
20. El superior está llamado a ser ante todo animador de la comunión espiritual: cuidar y fomentar la fe, la esperanza, la caridad, la fidelidad y el ánimo de la comunidad y de cada legionario. Su ejercicio de la autoridad ha de manifestarse en lo que el santo padre, citando a su predecesor, llamó el «“arte del acompañamiento”, para aprender a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro […] con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana». Para ello, puede delegar las tareas administrativas al ecónomo u otros miembros, evitando reducirse a mero gestor, y concentrándose en su servicio principal: el cuidado pastoral y espiritual de sus hermanos legionarios. Ha de favorecer la vivencia del propio carisma, valorando los dones particulares de cada miembro para el bien de la Iglesia.
- Diálogo personal y foros comunitarios.
21. El buen ejercicio de la autoridad requiere conocer personalmente a cada religioso e interesarse genuinamente por su vida, su apostolado y sus necesidades. Para ello, el superior ha de buscar momentos de diálogo personal con cada miembro de su comunidad, trascendiendo la gestión burocrática para un verdadero encuentro fraterno. No se puede presuponer que el religioso se acercará espontáneamente. El superior da ejemplo de vulnerabilidad y hospitalidad que invite a la apertura sin exigirla, respetando siempre el fuero interno.
- El proyecto comunitario.
22. El proyecto comunitario –mediante el cual la comunidad discierne sobre la vida comunitaria y fraterna, incluyendo el reglamento y el horario– es un medio privilegiado de discernimiento en grupo. Junto a él, algunas comunidades han encontrado de ayuda otras actividades concretas. El ejercicio de «luces y sombras» permite que cada miembro comparta brevemente un aspecto positivo y un reto de su vida, ayudando a la todos a conocerse mejor. El foro comunitario ofrece un espacio donde la comunidad dialoga sobre temas relevantes para su vida, como por ejemplo «¿Cómo estamos viviendo la pobreza?» o «¿Cómo cuidamos la salud y prevenimos el desgaste en el apostolado?». El superior conserva siempre su responsabilidad de decidir, pero la escucha fraterna enriquece su discernimiento y fortalece la comunión.
- Sentido de familia y apoyo a la misión.
23. La comunidad legionaria está llamada a ser una verdadera familia. Todos sus miembros son corresponsables de promover momentos de convivencia que permitan cultivar la complementariedad en un clima de alegría fraterna, y de modo especial el superior. El superior, además, se interesa genuinamente por la labor apostólica de los miembros. Debe fomentar el celo y la responsabilidad apostólica, otorgando la libertad necesaria para el cumplimiento del ministerio asignado. Cuando un hermano afronta dificultades en su trabajo, le ayuda a mirar el caso con fe y realismo, sostener la fidelidad y promover caminos concretos de solución.
- El religioso en la vivencia de la obediencia.
24. El religioso, por su parte, está llamado a cultivar activamente la obediencia como camino de configuración con Cristo. Esto implica: mantener una relación confiada y abierta con el superior; contribuir positivamente a la vida y misión de la comunidad; ejercer la corresponsabilidad sin caer en el individualismo; y acoger la corrección fraterna como expresión de caridad. La comunidad crece cuando cada miembro asume con generosidad su parte en la vida común y se esfuerza por construir la unidad, incluso cuando esto exige renuncias personales.
- Algunos campos de especial relevancia.
25. 3 campos de especial relevancia.
Transparencia económica. La administración transparente de los bienes genera confianza y corresponsabilidad en la comunidad. El superior ha de fomentar una cultura donde la gestión económica sea clara y se rinda cuentas periódicamente a la comunidad.
Cuidado de la salud. El superior ha de tomar en cuenta la salud física y mental de los miembros al tomar decisiones de personal y de presupuesto.
Evaluación continua. Una cultura que normalice la evaluación continua de todos los miembros –incluyendo las personas en autoridad– fortalece la transparencia y la mejora continua.
VII. Límites de la autoridad y la obediencia
26. Cuando no es clara la distinción entre el ejercicio legítimo de la autoridad, su mal uso y su abuso, el superior teme ejercer con firmeza las funciones propias de su cargo, y el religioso duda o sospecha de lo que legítimamente se le pide. Para trazar con claridad esta línea, es necesario distinguir entre estas realidades que, aunque a veces se confunden, son cualitativamente distintas. Con ese fin, abordaremos tres preguntas: ¿cuándo se ejerce mal la autoridad?, ¿qué criterios permiten reconocer un mandato legítimo?, y ¿cuándo estamos ante un verdadero abuso?
- El mal uso de la autoridad.
27. Conviene que quienes ejercen el servicio de la autoridad tengan presentes ciertas desviaciones que, sin ser un abuso, pueden empañar el carácter evangélico de la autoridad. Naturalmente, cada uno, según su temperamento y estilo personal, tendrá que vigilar más unas que otras, pidiendo al Señor la gracia de reflejar al Buen Pastor. Por ejercicio inadecuado, algunas desviaciones comunes incluyen: el autoritarismo, que ejerce la autoridad con rigidez excesiva sin diálogo ni consulta; el personalismo, que gobierna según preferencias subjetivas sin atención al bien común o a las normas; el paternalismo, que reemplaza e impide el crecimiento en autonomía y responsabilidad; y la cerrazón a la escucha ante legítimas necesidades. Por negligencia, el mal uso se manifiesta en: la pasividad en el gobierno; el discernimiento sin ejecución; la omisión de la corrección fraterna; y el desánimo que resigna al superior a la mediocridad. Reconocer el peligro de estas tendencias, en las que cualquiera podría caer, nos permite a todos colaborar en un ejercicio de la autoridad cada vez más evangélico.
- Marco normativo y dispensas.
28. Para discernir cuándo un ejercicio de la autoridad es legítimo, es fundamental comprender el marco normativo en que se inscribe. La autoridad no es arbitraria, sino que se ejerce dentro de un ordenamiento jurídico jerarquizado: (1) la ley divina, natural y positiva; (2) el Derecho Canónico universal; (3) las Constituciones; (4) las normas secundarias (Ratio institutionis y Ratio studiorum, Normas complementarias y reglamentos); y (5) los mandatos particulares del superior. Un mandato solo es legítimo si es conforme a todas las normas de rango superior: por ejemplo, una norma de un reglamento local que fuera contraria al Derecho Canónico sería ilegítima, porque el Derecho Canónico es de rango superior. Este marco protege tanto al superior de ejercer la autoridad más allá de sus límites, como al religioso de una obediencia que dañaría su dignidad o conciencia.
29. Para ilustrar este marco, ofrecemos algunos ejemplos concretos. Son mandatos o disposiciones legítimos del superior, entre otros: en la organización de la vida comunitaria, establecer turnos para tareas domésticas, regular el uso de espacios comunes o establecer horarios razonables de presencia en la casa; en el cuidado de los miembros, indicar a un religioso que tome días de descanso al observar signos de agotamiento o pedir medidas sanitarias para proteger a los vulnerables; en la vivencia de la pobreza, pedir cuentas del uso del dinero; establecer criterios sobre gastos de acuerdo con el voto de pobreza y el derecho propio; en las ausencias de comunidad, conceder los debidos permisos para ausencias; en los medios de comunicación social, establecer orientaciones sobre su uso prudente conforme a las normas de la Iglesia y del derecho propio; y en el apostolado, el superior local puede pedir colaboración para proyectos apostólicos comunes de la comunidad. Estos mandatos se encuadran dentro de la autoridad del superior para organizar la vida comunitaria, cuidar a las personas y cumplir la misión. Son en cambio mandatos ilegítimos y, según su gravedad, abusivos: mandar algo claramente pecaminoso o inmoral; exigir que se revele el contenido de la dirección espiritual o confesión; prohibir confesarse con un sacerdote de libre elección; que un superior local conceda permisos reservados al superior mayor; o disponer de bienes sin las autorizaciones requeridas por el derecho. En cada caso, el mandato es ilegítimo porque contradice una norma de rango superior, como la ley divina o el derecho canónico.
30. La dispensa. Nuestras Constituciones reconocen que, en casos particulares y por causa justa, los superiores pueden dispensar temporalmente a los religiosos y a sus comunidades de la observancia de alguna norma disciplinar del derecho propio. La dispensa –la decisión de no aplicar una norma cuando su observancia no lograría el bien que pretende o incluso causaría un daño– no es una violación de la ley, sino una manifestación del carácter pastoral de la autoridad: el superior «no es un ejecutor mecánico de la ley, sino que se transforma en un intérprete de la ley». No se puede dispensar, sin embargo, de la ley divina ni de las normas que expresan inmediatamente el carisma y el fin apostólico del instituto; pero dentro de las propias Constituciones existe una gradualidad, y hay normas que, siendo aplicaciones concretas, sí admiten dispensa cuando en un caso particular no alcanzarían su finalidad.
- El abuso de autoridad.
31. Mientras que el mal uso de la autoridad refleja carencias de virtud o errores en su ejercicio, el abuso de autoridad constituye una realidad cualitativamente distinta, pues implica una seria violación de la ley. Entendemos por abuso de autoridad el ejercicio ilegítimo de la autoridad o del cargo por parte de quien los posee legítimamente, que consiste en la violación grave de la ley divina, el derecho canónico o el derecho propio, ya sea mediante actos u omisiones deliberados, o bien por negligencia culpable que causa daño a otros. El abuso de autoridad viola derechos fundamentales de los fieles, lesiona la dignidad de las personas y traiciona la naturaleza ministerial de la autoridad religiosa. El Capítulo afirma que el abuso de autoridad es una posibilidad real en cualquier institución eclesial o civil cuando se desvirtúa el servicio propio del gobierno. Por ello, la vigilancia, la formación continua y una conversión permanente en el modo de ejercer la autoridad deben ser elementos esenciales de nuestra vida.
32. La reflexión eclesial reciente ha comenzado también a prestar atención a lo que se denomina «abuso espiritual» o «abuso de conciencia». El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en su documento Falso misticismo y abuso espiritual del 22 de noviembre de 2024, ha constituido un grupo de trabajo junto con el Dicasterio para los Textos Legislativos para analizar su posible tipificación canónica, señalando que «debe considerarse de especial gravedad moral la utilización de supuestas experiencias sobrenaturales o de elementos místicos reconocidos como medio o pretexto para ejercer dominio sobre las personas o cometer abusos». Dado que esta reflexión se encuentra en curso y que nuestra propia historia nos hace particularmente sensibles a estas realidades, conviene permanecer atentos a los avances de la Iglesia en este campo.
VIII. Recomendaciones al gobierno entrante.
33. Dando continuidad a la recomendación del Capítulo General 2020 de «analizar el tema de los abusos de poder y de conciencia y proponer medidas apropiadas», y dada la complejidad y el carácter emergente de estos conceptos, el presente Capítulo recomienda al gobierno entrante:
a. completar el estudio sobre el abuso de autoridad y el abuso espiritual con la debida revisión canónica y las consultas pertinentes;
b. desarrollar mecanismos concretos para la atención de abusos;
c. promover la formación en estos ámbitos
Se encomienda al gobierno entrante el material preparado por la comisión establecida por el director general como base para este trabajo.
34. El Capítulo recomienda al gobierno entrante fortalecer los programas de formación para superiores locales, que incluyan: la capacitación en competencias de gobierno, acompañamiento y liderazgo espiritual; el acompañamiento sistemático por parte de los superiores mayores, para que los superiores locales sientan el respaldo necesario al momento de gobernar; y el uso de medios adecuados –evaluaciones, instrumentos de retroalimentación, acompañamiento– que permitan una animación de la vida comunitaria más personalizada y eficaz. Asimismo, se recomienda atender a la identificación y preparación de quienes podrían ejercer el servicio de la autoridad en el futuro, para contar con sacerdotes que hayan desarrollado las competencias necesarias para guiar a sus comunidades según la mente de la Iglesia y el espíritu de nuestra Congregación.
35. El Capítulo recomienda al gobierno entrante completar y dar a conocer, tras las debidas revisiones y consultas, un documento sobre la renovación de la vivencia de la autoridad en la Legión de Cristo.
IX. Conclusión
- La obediencia ejercicio de libertad filial.
36. A lo largo de este Comunicado hemos buscado responder, desde el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia, a algunas de las preguntas que nuestros hermanos han puesto ante este Capítulo. Hemos contemplado en Cristo el modelo de toda autoridad y obediencia en la Legión. Hemos afirmado que la obediencia legionaria, bien vivida, no es sumisión pasiva sino ejercicio de libertad filial; que el superior puede y debe gobernar con firmeza y con caridad; que el discernimiento es un camino para encontrar la voluntad de Dios, no un sustituto de la autoridad; y que tanto el mal uso como la ausencia de autoridad dañan la vida religiosa.
- Agradecimiento e invitación.
37. A los superiores les agradecemos su dedicación generosa al servicio de nuestras comunidades, y los exhortamos a vivir este ministerio según los tres munera –enseñar, santificar y gobernar– como hermanos entre hermanos, con la mirada puesta en las personas concretas que les han sido confiadas. A los miembros de las comunidades los invitamos a una obediencia sobrenatural, libre, activa y madura, que integra el discernimiento en la búsqueda personal y comunitaria de la voluntad de Dios. A los formandos les ofrecemos este Comunicado como un mapa de la belleza y la exigencia de la vida religiosa en la Legión.
- Un camino permanente.
38. La conversión y la renovación no son un evento puntual en la vida del legionario, sino un camino permanente guiado por el Espíritu Santo, que nos guía hasta la verdad plena (Jn 16,13). Como nos alentó el santo padre: «El Señor sigue llamando y enviando; sanando y purificando». Que nuestra vivencia de la autoridad y la obediencia sea cada día más un reflejo del amor del Padre, un testimonio para la Iglesia y un camino de santidad para cada uno de nosotros Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús (Flp 2,5).